miércoles, 30 de agosto de 2017

LA ESCRITURA Y LA UNIVERSIDAD

A propósito de la carta del profesor Camilo Jiménez, en la que expresa su frustración por la incapacidad de los estudiantes universitarios para escribir un párrafo coherente y limpio, y de la respuesta que le da Alejandro Gaviria en El Espectador, me gustaría hacer algunas reflexiones.
Las posturas de Jiménez y Gaviria son valiosas porque hacen público un problema de la educación colombiana y propician su discusión; pero no ofrecen un diagnóstico apropiado, ni propenden por una solución real. No se trata ni de retirarse de la docencia porque los estudiantes no saben escribir (como Jiménez), ni de dictaminar que la causa de la frustración docente es el resentimiento vanidoso de los profesores universitarios (como lo hace Gaviria).
La queja del profesor Jiménez es el primer ítem de todo “memorial de agravios” de los docentes universitarios. Nos lamentamos de la deficiencia de nuestros estudiantes en gramática, redacción y coherencia argumentativa. Le achacamos tal falla, tal vez con alguna razón, a los nuevos medios electrónicos, a la cultura de masas, al predominio del inglés, a la laxitud y desinterés de la edad adolescente; en una palabra, a la negligencia de nuestros estudiantes. Pero no nos hemos puesto a pensar en serio sobre sus causas y soluciones. ¿Por qué escriben mal los estudiantes universitarios colombianos?
Fundamentalmente porque no les han enseñado a escribir. Es evidente que la educación primaria y secundaria colombiana tiene enormes fallas en este frente. Si no queremos que nuestros estudiantes escriban como chatean, lo que debemos hacer es, aunque suene obvio, hacer que escriban más de lo que chatean. La escritura es una actividad que requiere tiempo y orientación pedagógica, y si los colegios no se ocupan seriamente de ella, los estudiantes seguirán chateando más que escribiendo, pues se aprende aquello que se hace, no aquello que se le oye “cacarear” a otros: a los profesores y a algunos padres de familia.
Ahora bien, la universidad se engaña cuando cree que esta labor le corresponde exclusivamente a los colegios. La universidad misma debe continuar y profundizar en ella. Esto suena chocante para muchos profesores universitarios que consideran que están allí para fines más altos o científicamente más relevantes; pero la suya es simplemente una ilusión falsa. Tan falsa como creer que los futuros “profesionales exitosos” no necesitan aprender a escribir bien pues les basta con manejar las nuevas tecnologías para comunicarse en su entorno profesional. Resulta ridículo —aunque se trata de un prejuicio bastante extendido— pensar que la universidad no tiene que preocuparse de promover la escritura en carreras como las ingenierías, la administración o la economía. La escritura no es un problema exclusivo de las humanidades. Es una destreza esencial en todas las profesiones, pues una escritura ordenada, cuidadosa y precisa es la indicación más directa de una mente capaz de distinguir conceptos, hacerse a sus propias opiniones y criticar con fundamento. Quien escribe mal piensa confusamente y quien piensa confusamente, por lo general, tiene opiniones que no sobrepasan el ámbito del lugar común. Pero, además, el tipo de formación que la universidad se propone —una formación universal, disciplinar y crítica— tiene por columna vertebral a la escritura. No se rebaja un profesor universitario cuando explica, en su clase de filosofía o de astrofísica, cómo se usa correctamente un gerundio o una preposición. Por el contrario, contribuye a hacer mucho más claro y eficiente el lenguaje de su comunidad científica y les ofrece a sus estudiantes una habilidad que, sin duda alguna, los diferenciará de sus futuros colegas.
Finalmente, otra razón por la cual la escritura debe seguir enseñándose en la universidad es que ésta es una destreza que nunca logramos dominar por completo. Esto lo saben, más que nadie, los mismos profesores universitarios: no hay actividad académica más difícil, más sufrida y a la vez profundamente satisfactoria, que la escritura. Buscar sinónimos, enterarse de las nuevas reglas y de los modismos finalmente aceptados, procurar la precisión y la coherencia, evitar las muletillas, aligerar o hacer más denso el estilo, alejarse de las convenciones... todas estas acciones son realizadas —consciente o inconscientemente— por quien ha adquirido en la infancia y afianzado en la juventud (sí, ¡en la universidad!) el hábito de la escritura.
Quisiera, por último, poner esta reflexión en el contexto de la reforma a la educación superior colombiana. Si queremos realmente tener una educación superior de calidad, la enseñanza de la escritura debe ser una prioridad. Algunas de las estrategias necesarias para ello, son:
— Implementación de Centros de Escritura. La mayoría de las universidades en el exterior cuentan con estos centros (en Colombia, que yo sepa, sólo la Universidad de Los Andes), donde estudiantes con deficiencias de escritura pueden recibir asesoría calificada por parte de otros estudiantes o de profesores especializados. Estos centros constituyen un apoyo enorme para el profesor universitario que, si bien no debe desdeñar la enseñanza del español en su aula de clase, evidentemente tampoco puede dedicarle a ella todo su tiempo y esfuerzo. Hay estudiantes, además, que tienen serios problemas de escritura; para ellos la ayuda de otro estudiante es mucho más productiva que la condena inmisericorde del profesor que “raja” y anota al margen del examen: “¡usted no sabe escribir!”.
— Cursos de escritura: la mayoría de estos cursos son vistos como “costura” o “relleno”, no sólo por los estudiantes sino también por los profesores. Es importante que la comunidad universitaria demande cursos de calidad de este tipo y les de la importancia que tienen.
— Bilingüismo: Escriben mejor quienes conocen varios idiomas. La razón es que al aprender un segundo idioma, el estudiante se acostumbra a manejar estructuras gramaticales y esto le permite evaluar el uso que hace de las de su idioma nativo, aprendidas de manera informal o muy temprano en la vida para poder recordarlas.
— Número de estudiantes por curso: los profesores universitarios sólo podrán asumir la continuación de la enseñanza del español escrito si tienen cursos con un número manejable de estudiantes. Los cursos masivos obligan al profesor a realizar exámenes de respuestas cortas o de selección múltiple. Por su parte, los estudiantes que sólo se enfrentan a cursos de este tipo simplemente no tienen la oportunidad de aprender a escribir.

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